El fútbol con mi padre

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La final del Mundial 2010 entre España y Países Bajos estaba destinada a convertirse en un momento único y requería una celebración a la altura de las circunstancias. Un amigo de la infancia nos invitó a su terraza para ver el partido todos juntos en una pantalla gigante, con barbacoa, picoteo y mucha cerveza para amenizar la velada. Estábamos tan convencidos de la victoria de nuestra selección que hasta compramos fuegos artificiales para celebrar cada gol y la ansiada victoria final.

De camino a la fiesta, pasé a saludar a mis padres, que vivían en el barrio. Tras ponernos un poco al día, le pregunté a mi padre si iba a hacer algo especial para la final y me respondió con un «no» escueto y triste.

Su respuesta me hizo recordar que, en 1986, cuando yo apenas tenía ocho años, me dormí en su regazo viendo cómo Bélgica nos eliminaba en la tanda de penaltis, y que, en 1994, nos marchamos precipitadamente de la boda de mis tíos para ver cómo Italia nos echaba del torneo en cuartos de final. Desde entonces, los recuerdos que tenía de los Mundiales, que incluyen la humillante eliminación en fase de grupos de 1998, la decepcionante derrota ante Corea del Sur en 2002 y la lección de la Francia de Zidane en 2006, los había compartido ya con mis amigos, fuera del ámbito familiar.

Cuando mi padre me preguntó a continuación con quién iba a ver yo el partido, un repentino sentimiento de culpabilidad se apoderó de mí y le dije que no tenía planes y que, si no le importaba, me quedaría a verlo en su casa.

Mi madre se quejó un poco al principio, ya que no había previsto tener invitados, pero propuso preparar una tortilla de patatas y sacar un poco de gazpacho casero que tenía en la nevera. Le dije que no se preocupara, que con los nervios de la final tampoco tendría mucha hambre, cualquier cosa estaba bien.

A nivel de clubes, mi padre y yo apoyábamos a equipos tan antagónicos como el FC Barcelona y el Real Madrid, de modo que en casa siempre había existido una intensa rivalidad futbolística. Era una rivalidad sana y cargada de buen humor, pero rivalidad al fin y al cabo, con alguna pequeña discusión cada vez que se jugaba el Clásico. Así que los partidos de la selección representaban una excepción: eran el único punto de encuentro familiar en el ámbito futbolístico, en el que dejábamos a un lado nuestras diferencias para apoyar a los mismos colores.

El año 2010 no fue solo el año en el que ganamos el Mundial. Fue también el año en el que nació mi primer hijo. De algún modo, la inminente paternidad me ayudó a abrir los ojos y a darme cuenta de lo que de verdad importaba en la vida. Aunque hacía tiempo que había volado del nido familiar y ya tenía un cuarto de la hipoteca pagado, la auténtica adultez estaba a punto de empezar.

Ahora que mi hijo tiene 15 años y está empezando a quedar con sus amigos para ver el fútbol, empiezo a ser consciente de lo que debió de suponer para mi padre que compartiera aquel momento tan especial con él. Ver el brillo en sus ojos aquella noche fue más gratificante casi que el triunfo mismo de la selección.

Cuando Iniesta derribó de forma agónica el muro neerlandés tras 116 minutos de dominio infructuoso, corrió hacia el banderín de córner como alma que lleva el diablo mientras se despojaba de su camiseta para mostrar un mensaje en honor a Dani Jarque, tristemente fallecido un año antes. Aquella mítica celebración, cuyas imágenes se han repetido hasta la saciedad desde entonces, ha quedado grabada en la memoria colectiva como el símbolo de la noche en que España alcanzó la cima del fútbol mundial.

Para mí, sin embargo, encierra un poso inevitable de nostalgia. Y es que mi padre moriría de cáncer poco después, antes de que pudiéramos volver a sentarnos juntos frente al televisor para compartir otro gran partido de la selección.

Nunca llegué a confesarle que aquel día había dejado plantados a mis amigos para ver la final con él. Aquel pequeño gesto, casi impulsivo, ha adquirido con el tiempo un valor incalculable por la imposibilidad de que vuelva a repetirse. Si aquella noche ocupa hoy un lugar tan especial en mi memoria no es solo porque España conquistara su primer Mundial, sino también porque fue la última vez que celebré algo así junto a mi padre y porque, sin ser consciente de ello, fue el día en el que terminé de hacerme adulto.

Carlos, a la derecha, junto a su padre y su hijo.

Spain with cup 2010” by Danny is licensed under CC BY-SA 3.0.