Celebrar La Roja, romper las reglas
«Siempre he seguido las normas, pero La Roja hizo que me diera cuenta de que romperlas es, a veces, la opción correcta».
30 de junio de 2010. Son las diez de la mañana y estoy a punto de entrar en clase. Naturalmente, llevo puesto el 7 de David Villa: la victoria contra Portugal en el minuto 63 fue alucinante, y todavía me invade la euforia. Hoy me dan las notas del último curso de secundaria y decir que estoy nervioso es quedarse corto. Igual que La Roja ayer, yo hoy me juego mucho.
Mis amigos Pablo y Víctor llevan el 1 y el 5, Casillas y Puyol. Sin embargo, la felicidad por el pase a cuartos de final dura poco. Don Fernando entra en la sala y, sin grandes aspavientos pero con una autoridad incuestionable, nos manda quitarnos la camiseta de La Roja y vestirnos de uniforme. Oficialmente, estoy rozando las vacaciones, pero el atuendo escolar debe llevarse hasta el último día.
Lejos de desanimarme, empiezo a pensar en cómo voy a burlar el sistema para lucir mis colores con orgullo. Me he pasado todo el curso acatando las reglas y estudiando como un loco, así que una camiseta roja no me parece una afrenta tan grave.
Ya vestido con el blanco y verde reglamentarios, me encuentro con las notas en la mano… y con una sensación muy extraña. Debería celebrarlas aún más que la victoria de anoche. Pero el hecho de que me hayan impuesto una norma tan absurda en un día como este me carcome por dentro, y decido actuar.
Aprovecho la pausa y voy corriendo al baño. Me quito el polo blanco y lo sustituyo otra vez por los colores de España. El fantástico 7 que me compraron mis padres en nuestras últimas vacaciones en Asturias —sí, la tierra de David Villa— no podía ser más acertado.
Bajo las escaleras para salir al patio del recreo y suelto una carcajada al ver que Víctor y Pablo han tenido la misma idea; solo que ellos han ido un paso más allá y también se han quitado los pantalones del uniforme para ponerse los de la equipación oficial. Somos tres chavales vestidos de rojo en un colegio religioso casi desierto. La imagen es bastante cómica.
Salimos del patio para entrar de nuevo en el edificio y, ya en el pasillo, descubrimos que prácticamente toda la clase ha hecho como nosotros y se ha puesto la camiseta de La Roja. Don Fernando sabe que el tiempo apremia, así que no le queda más remedio que sucumbir a la marea roja. Mi sorpresa aumenta cuando descubro que él mismo lleva un diminuto pin con el escudo de la selección española en la solapa de la americana. Pequeñas victorias, supongo.
Igual que un gol en el último minuto, la lección más importante llega justo al final de curso. Me doy cuenta de que no se trata de desobedecer por desobedecer, pero hay ocasiones y equipos que unen a toda una clase y que merecen saltarse las reglas.
Aquel día, no celebrábamos la victoria de La Roja, sino el hecho de haber encontrado una causa por la que remar todos juntos en un curso tan complicado. Yo, personalmente, celebraba un pequeño acto de rebeldía que me acompaña hasta hoy y me permite saber qué es lo correcto y cuándo debo alzar la voz –o ponerme la camiseta.


